lunes, mayo 14, 2007

Geometría de la belleza

Paso la tarde aprendiendo la geometría de los nuevos parques: una nueva fuente, que desagua en una diagonal perfecta una cascada de mármol, un intento de césped y su sinteticidad de moqueta tratando de asaltar las rejillas del alcantarillado. Paso los pasos escuchando mis pasos hasta que me detengo de repente, como en el fondo de un cuadro de Vettriano, la cara desdibujada, el cigarro consumiéndose en la mano de manera perfectamente estudiada, y observo las escaleras por las que una madre desciende en pasos rítmicos cargando un niño en brazos. Los veo bajar cada escalón como bajaría un robot de un videojuego, clac, clac, hasta llegar a la fiesta multicolor en la que el resto de niños rebotan sus seis años contra el suelo de taraflex. De frente quedan los restos de sus padres sentados en rectángulos de granito, rodeados de hipotecas, y palomas no mensajeras (buitres, entretanto). Pero el taraflex multicolor debe de ser la felicidad, por eso hicimos que lo pusieran ahí, como el papel de burbujas y los cinturones de seguridad inteligentes. Como las paredes de hierro y el hormigón armado.
Hace sol, aunque el sol esté amarilleando a estas alturas de la tarde, o del año, y aunque le esté costando hacerse un hueco entre las aristas de los edificios más altos. Hace sol, aunque el suelo aquí siga frío y entre el frío no encuentre nada sobre lo que merezca la pena escribir. Ni siquiera nada sobre lo que merezca la pena abalanzarse hasta darle muerte de un modo más o menos sangriento. El resto de las especies que me acompañan, ancianos, arbustos y demás vegetales, están dispuestos como una ordenada red cuadricular que amenaza con exterminar todos los círculos de la humanidad. Miro al horizonte, suspiro un poco más fuerte de lo habitual y termino el aprendizaje por esta tarde.
A la salida, tras la enredadera de hierro forjado que cierra sus puertas a las 22 horas, magnífica obra del autor tal, inaugurada recientemente por el político cual,
te encuentro desnuda
completamente tumbada, de espaldas,
sobre un paso de cebra.
Y pienso, mientras sonrío, que la belleza nunca ha sabido crecer en los ángulos.


Escrito por el_hombre_que a las 21:10 6 inquietos